La mayoría de las veces, los hombres nos empeñamos en buscar las respuestas a nuestros miedos e incertidumbres en el exterior, sin darnos cuenta de que están en nosotros mismos. Lo realmente difícil es saber hacernos las preguntas adecuadas.
El serval de los cazadores (sorbus aucuparia) es una especie de árbol que da unos bonitos frutos de color blanco que lo diferencian del serval doméstico, conocido también como azarollo borde, amargosa o falso manzano. Con su madera se obtienen excelentes amuletos protectores. Sus rojas bayas se han asociado desde tiempos inmemoriales a la protección contra todo lo que es oscuro y negativo, puesto que llevan la señal de la antigua estrella de cinco puntas que simboliza esta virtud.
Una soleada tarde de verano, un grupo de amigos, que en agosto coincidimos en Villarluengo, llevados por la curiosidad, decidimos hacer una excursión a la “Hoya Serval”, paraje que muy pocos de nosotros conocían. En tres “todo terreno” enfilamos la cuesta de “
Hoy todo aquello solo reside en románticos y melancólicos recuerdos de los que un día fueron sus moradores, si es que aún viven.
Al llegar al caserío tratamos de localizar a Fidel, que no respondió a nuestras insistentes llamadas; entonces, llevados por una curiosidad malsana, profanamos algunas de las casas que hasta la fecha habían permanecido impolutas en el tiempo. De pronto, como si de una aparición se tratase, surgió ante nosotros, desde un pequeño montículo, la extraña figura de un ser ataviado con un traje gris, zapatos negros, sombrero calado hasta las orejas y unas grandes gafas que ocultaban su mirada. Más bien parecía… de otro mundo. Los que estábamos en el interior de las casas fuimos avisados con urgencia y algo avergonzados procedimos a soltar nuestro botín y salir disimulando al exterior. Ante nuestra sorpresa su reacción fue más bien de calma y acogimiento. Después de proceder a saludarnos se prestó amablemente a enseñarnos aquel pequeño paraíso del que él era su guardián y único usufructuario. Con su natural humildad y sencillez nos agradeció la visita, pues no eran muchas las ocasiones que tenía de recibirlas.
Ha pasado el tiempo y apenas sé de su paradero, sin embargo, en muchas ocasiones me he preguntado cómo pasaría las noches en soledad, en especial las largas noches invernales, en las que el frío es intenso y el cierzo gime como el llanto de un niño inconsolable. Y he tratado de imaginar cual sería su pensamiento, qué es lo que le llevaría a retirarse del mundo en soledad. Un día, releyendo un viejo opúsculo de Pompeyo Gener creí poder descubrir las claves y atisbar algo de su filosofía; sus versos me inspiraron para poner en boca de Fidel las razones de su retiro:
“¡Oh Soledad reveladora, hermana del Silencio! ¡Qué bien reposa en tu seno el hombre de visión clara, de mente libre y de alma fuerte! Tú eres fortificante y fecunda, sin ti, ningún sabio de esta humanidad habría existido. En las altas cimas de las montañas, en la espesura del bosque, contigo me siento libre y exuberante y respiro un aire más limpio, más puro; siempre estoy a mi placer y me siento creador de sueños que preceden lo venidero, de universos que sólo se vislumbran cual nebulosa…
Yo me he sentido mucho más sólo y abandonado entre la multitud que en tu seno. He sentido que los demás no me entendían y los que parecían entenderme no me comprendían. La mayoría de ellos tienen el alma estrecha y el intelecto bajo, incapaces de plantearse duda alguna sobre su existencia. Yo me siento único y ellos quieren que sea uno más, uno añadido a los otros, y se burlan de mí llamándome loco porque no sigo el camino del rebaño, camino abierto por el peso de la costumbre, de la vieja rutina y sobre todo de la resignación. Quizás, quienes me insultaban y trataban de impedirme subir a la montaña, lo hacían porque tenían miedo de que viéndolos desde lo alto, me diera cuenta de cuan pequeños eran…”
“¡Oh Soledad liberadora, maestra inspiradora de los que a tu seno se acogen! Tú has hecho que pudiera sentir sin estremecerme, desde el fondo de mi ser la voz lejana de mis ancestros, que cual adalides del progreso, siempre me han impulsado a seguir adelante. Sólo en tu intimidad puedo ser franco y revelarte hasta los sentimientos más íntimos de mi corazón y los estados más recónditos de mi conciencia. Tú me enseñas a encontrar el sentido justo, la expresión adecuada de las cosas. Tú me has revelado su esencia al hacerme ver que todo no es más que apariencia y polvo, pues la vida sólo es una forma de pasar y las cosas que han sido no serán.
Tú haces que el pensamiento no se evapore y que la acción no se agote, acumulando energías que cuando descargan, derriban todo lo viejo, carcomido, vacío o falso, hasta las construcciones que todos creían fuertes, las hacen sonar a hueco y las pulverizan, echando al viento las cenizas de todo lo que parecía eterno e indestructible, espantando y haciendo huir a los fantasmas que allí reinaban. Porque tú eres madre de las tempestades necesarias que todo lo purifican y renuevan, y has contribuido a la creación de las obras más maravillosas que en la historia han sido. Colaboradora indispensable de las grandes ideas que han dirigido a la humanidad. Sólo los vacíos, los falsos o aquellos que no pueden tolerarse a si mismos, no se hallan bien en tu compañía; en cambio, están a su placer los de espíritu libre, los fecundos y todos aquellos que llevan un mundo dentro del alma, o que tienen un alma que por sí sola vale un mundo...”
















